Tenía muchas ganas de leer esta novela, quizá para sacarme la espinita que tenía clavada en forma de decepción respecto de La cena pero la verdad es que, después de Casa de verano, tengo otra percepción de la anterior. Creo que ahora la tengo en más alta estima. Creo que ahora entiendo mejor el funcionamiento de los planteamientos, más de los morales, de Koch -nada es lo que parece ni nada es tan fácil como parece-.
Marc Schlosser es un médico de cabecera de éxito gracias a sus veinte minutos de consulta. Esta es una deferencia hacia sus pacientes por la que se ha ganado cierta fama pues ningún otro médico muestra el suficiente interés hacia cada caso como para dedicarle veinte minutos, aunque en realidad el suyo es un plan demasiado bien calculado, él sólo necesita un minuto para estar seguro del diagnóstico. Todo le va relativamente bien hasta que un día aparece en su consulta Ralph Meier, un importante actor que recurre a él animado por su falta de reparos hacia la receta de según qué medicamentos. A partir de ahí, los acontecimientos se precipitan y de acudir a la representación de una obra teatral a compartir unos días en la casa que los Meier tienen alquilada en una zona de costa, todo termina siendo uno. Las pasiones del ser humano, a veces, nos hacen hacer cosas impensables que ni se nos pasarían por la cabeza en otras circunstancias. Sólo es necesario un fatal acontecimiento y un malentendido para que la vida de un grupo de personas relacionadas entre sí en mayor o menor medida, cambie para siempre. Creo que las consecuencias del subjetivismo nunca han estado más claras ni se mostraron de manera tan evidente.
Herman Koch vuelve con esta historia a hacer un análisis de la sociedad occidental, de sus valores y de sus prejuicios y de las relaciones entre los seres humanos. A través del protagonista, el autor plantea una serie de cuestiones que es difícil confesar pero que seguro todos nos hemos planteado, muchas de ellas tienen que ver con el campo de la medicina, con la interacción médico-paciente o sobre el sistema sanitario danés, al que critica con bastante dureza, pero hay otras que nos pueden resultar más próximas y que están relacionadas con el ámbito de las relaciones humanas. Y a partir de toda la situación creada de la que se valdrá para desarrollar la personalidad de cada uno de los personajes y de los estereotipos que representan, el lector se verá obligado a plantearse ciertos dilemas sobre los que deberá emitir su propio juicio de valor sin más remedio. Esto es lo que más me cuesta de Koch puesto que consigue que, conocidas todas las circunstancias, una vez leída la historia, sea muy difícil posicionarse, sin genero de dudas, del lado correcto, en ocasiones, es más difícil incluso saber cuál es el lado correcto con total seguridad. Todo lo que plantea tiene tantos matices que cualquier conclusión a la que el lector pueda llegar tendrá un pero, o varios. En ocasiones -para mí, en esta ocasión- si le das las suficientes vueltas al asunto puede que incluso el bueno, al final, sea más malo que el propio malo. Y luego está lo del misterio y el suspense de la trama, los sospechosos van cambiando a lo largo de la historia y hasta el final no se descubre al culpable, aunque después de todo lo dicho, este pequeño detalle se pierde y carece de valor o interés.
A partir de aquí, es algo que tengo que decir y no puedo callar, así que algunos podríais dejar de leer por vuestro bien personal. Prometo intentar no desvelar lo importante y, de hecho, creo que no lo haré porque se pueden decir tantas cosas que, en realidad, aquellos que ya hayan leído la novela, pensarán que no digo nada.
La verdad es que no siento ninguna simpatía por Marc. No dudo que sea buen médico pero no es buena persona. No siente ningún interés por sus pacientes ni por su estado de salud, es cínico, mal pensado, en ocasiones desagradable, machista, misógino, más un largo etc. que no se salva ni siquiera teniendo en cuenta que la forma y sólo la forma en que dice lo que dice tiene su gracia. Y me quiero olvidar de su falta de escrúpulos y la carencia del sentimiento de culpa o arrepentimiento. Tampoco es que Ralph me encante. Sus pensamientos hacia las mujeres no son sanos, incluso llegan a ser repulsivos, pero para ser exactos y estrictos con los hechos, nunca a dado el paso de hacer lo que desearía y se le juzga sólo porque sería capaz de hacerlo. La capacidad de hacer es propia de cualquiera de nosotros pero eso no significa que vayamos a dar rienda suelta a nuestra imaginación, claro que plantearse acciones así no es muy propio de personas normales -quiero decir que alguien que piensa así debería mirárselo y mucho más si piensa que es normal pensar así-. Arrrrgggg! Veis lo que hace! A esto es a lo que me refiero cuando digo que Herman Koch me da rabia. No es un autor fácil. Aunque plantearse este tipo de análisis y dilemas no viene mal de vez en cuando para darse cuenta de la salud mental propia. Ah! y además está el respaldo con el que finalmente cuenta Marc por parte de otros personajes como si lo que hace estuviese justificado cuando él mismo sabe que no es así, ni mucho menos podemos pensar que se le vaya a pasar por la cabeza hacerlos partícipes de sus dudas o, más bien, ya muy al final, certezas. En fin que si os apetece participar de este lío no os podéis perder Casa de verano con piscina, así sabréis de lo que hablo.
Un saludo, Lola.
P.D: Os dejo un enlace a los antecedentes, La cena. Herman Koch
Kokoro
Hace 3 horas

